Bakanae

viernes, marzo 02, 2007

Hasta las cejas

Mmm, creo que saldré a por algo de comer.- Una semana después del banquete ofrecido en el hogar del mago, parecía que el ibis notaba un pequeño hueco en su estómago. Había comido como hacía tiempo que no lo hacía, y todo gracias a ser la mano derecha de la diosa.

Por fin había llegado el día que tanto había esperado desde que hiciera llegar la invitación con el sello rojo a manos de la que todo lo sabe. Había cambiado concienzudamente su plumaje para estar más brillante que ningún ave, y se había lavado mil veces. Aquel día estaba realmente espectacular, de un rojo brillante. Acorde, por supuesto, con la diosa, vestida de blanco y negro perfectamente combinados, y dándole el toque de color desde su hombro. Con ellos habían acudido hasta la torre todas las aves del jardín, desde las más pequeñas y coloridas hasta las más grandes y majestuosas.

El momento de entrada de Toth en los jardines del mago sería recordado por todos los allí presentes: la diosa, preciosa, seguida de toda una estela voladora perfectamente coordinada en sus movimientos. Y el ibis, orgulloso como nunca.

Cuando llegaron donde estaban el blanco y la niña, la diosa hizo el saludo de rigor, y el ave presentó su mejor cara y su canto más dulce.

A continuación fueron llegando el resto del cónclave que, tras saludar a los protagonistas, se fueron reuniendo en torno a las mesas con abundante comida. Por entonces, la diosa ya había dado libertad al ibis para hacer lo que quisiera, confiando en su buena educación. Ella se dedicó a charlar con Elanor, Mawak, Orion y Alassea. Mientras, el ibis fue catando todo lo que había sobre las mesas. Eso sí, siempre disimuladamente. Hasta que descubrió al pequeño Ermengol. Parece que no le iba del todo mal con el nuevo dueño, aunque ese muchacho... el ibis quería asegurarse de que no era una mala influencia para su protegido hasta hace unos meses. Se acercó a ellos, y pudo comprobar que eran tal para cual, no se podía decir quién armaba más de los dos. Después de un rato que logró mantenerlos medianamente tranquilos, cuando ya nadie los miraba, acabaron entre los tres con las existencias de la mesa de los dulces.

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