Qué trabajo da ser el centro de la Sabiduría!
Un año más se acerca el momento en el que personajes de los más extraños oficios, aficiones y dedicaciones vuelven a Ciudad Dorada para poder comenzar sus estudios o ampliar sus conocimientos. Durante el crudo invierno serán ellos prácticamente los únicos habitantes de este lugar, pero en verano todo cambia, pues deben esconderse en sus lugares de origen y dejar la Ciudad para otras gentes venidas de más lejos, con una ruta fija en la cabeza y ávidas de comer sustancias supuestamente típicas (olvidándose de las realmente típicas) y de llenar sus alforjas de ropajes, joyas y amuletos. Estos son los dos grupos que sustentan la Ciudad, pero no deben entrar en contacto más tiempo del necesario, pues unos y otros podrían pasar al lado que no les corresponde, y romper el equilibrio de hace siglos (algunos lo han hecho, pero son minoría y se puede soportar). Aún así, hay dos momentos en los que pueden coincidir (y de hecho está bien que lo hagan para no dejar descansar a la Ciudad), que son el principio y el final del estío, pero no es gran problema, pues el cambio es muy paulatino.
Llegado este momento, el ibis ya sabía lo que le tocaba: un año más debía ir controlando la llegada de los nuevos habitantes, para así poder tener todo lo necesario a la disposición de éstos. Es uno de los momentos más ajetreados para el pobre ciconiforme, junto a los periodos de mediados de invierno y de final de primavera. Con la diferencia de que ahora toca anotar mentalmente la llegada de cada uno de los conocidos, y además procurar que el frágil equilibrio no se rompa, y para ello debe mantener el mayor tiempo posible a cada uno de los individuos de los distintos gremios ocupados en la Gran Biblioteca o en sus pequeñas sedes. Y esto debe hacerlo bien, pues es precisamente a lo que vienen tan temprano, y si la Fuente de Sabiduría tuviera algún fallo, los desaprensivos culparían a ésta y no al mal uso que ellos mismos le hayan dado.
Novedades en Ciudad Dorada: nada, igual que en Valle Profundo. Lo más interesante, lo narrado al principio. Y esta semana, ver la prisa que se dan los de las obras de mi barrio para tener el aparcamiento acabado este fin de semana, y las chapuzas que ha hecho el que diseñara esto. Cómo se nota que ni él ni el alcalde van a circular por aquí ni van a buscar un sitio donde parar el coche en la calle. Pero bueno, esto ya lo veréis vosotros mismos dentro de nada.
Ahora a otro tema: Mi muy querido y amado Magus (por supuesto, desde la amistad, como tú), me encanta tu post (culo). Al final no me ha quedado muy claro (teta) si lo de las palabras y dibujos (arañita sonriendo) son verdad o mentira (rana zampando araña). No me suenan exactamente lo que pones de ejemplo, pero no puedo poner la mano en el fuego, porque otras cosas o dibujos sí puede haber. De todas formas, aclararte que los dibujos serán míos, pero si hay alguna otra cosa seguramente sea de mi hermano, es su manera de ayudarme a estudiar, y yo lo dejo, que hace los apuntes más amenos. Y por supuesto, todo esto está hecho en casa, que en esa clase no me daba tiempo ni a respirar... Por cierto, mi sabiduría proviene de todo un poco: mis genes de diosa de la Sabiduría hacen la mayor parte: yo nací sabiendo ya la mitad de lo que sé ahora mismo, además de impedir que olvide la mayor parte de las cosas que adquiero, y de aprender otras nuevas rápidamente. Luego está lo de dedicar una parte constante de mi tiempo a adquirir conocimientos y ayudarme para ello de "elementos decorativos".
De lo que dices de las Crónicas... espera a llegar a las descripciones del quinto.... brutales.
Y este año habrá que conocer la mansión de Alassea y por supuesto, la famosa Torre de Magus, que no está nada mal (por cierto, creo que ya me lo habías agradecido, pero no es para tanto, que yo me aburría). Espero impaciente invitaciones.
El pobre ibis estaba demasiado ocupado. Sus años de experiencia ya le permitían diferenciar claramente a los nuevos, debido a los grandes bolsones que arrastraban hacia sus aposentos y a los fajos de libros que acarreaban de éstos a la Biblioteca. Claramente diferentes de los exploradores: los que no combinan sus pertenencias, los que se pierden en una calle recta, los que no dejan de retratarlo todo, los que se atreven a preguntar a un oriundo que encuentran de casualidad (que son difíciles de encontrar en esta época debido a la gran dilución que sufren). Posado en una de las muchas torres céntricas de la Ciudad, transmitía estos conocimientos a un grupo de pequeños gorriones que le rodeaban. Cada año debía enseñar a las nuevas generaciones, pero era un esfuerzo compensado con la labor que luego ejercían estos como disimulados espías entre la muchedumbre que los ignoraba por completo como pequeños seres con alas. Al acabar la instrucción, debería visitar también a las lavanderas y urracas que había dejado encargadas de limpiar los alrededores de la Biblioteca del gran Jardín. Todo estaba controlado, cada ser tenía estos días su función, y la diosa podía confiar en la gran maestría del ibis.
