El hechicero caminaba a paso rápido hacia la plaza del conocimiento (sabrían los dioses el porque de ese nombre, si siempre había estado frecuentada por prostitutas y maleantes), el muchacho y el Ermengol habían tardado más de lo que el esperaba de su visita al Blanco y además le habían contado no se que de unas rosas blancas con orugas y que habían hecho cuanto habían podido para acabar con ellas, que si con eso bastaba para compensa su castigo por abrir la carta…En fin, el caso es que ahora tenía el tiempo justo para llegar allí, lo importante era no llegar tarde a su cita con la Roja, ninguno de los dos podía permitírselo, pues supondría una ventaja que el otro no desaprovecharía. Una vez en la plaza no le fue difícil divisar a su compañera, una figura vestida de rojo mucho más alta que todas las demás, y cosa curiosa, a su lado se encontraba su gélido, sentado tranquilamente sin dar muestras de interés por los viandantes que circulaban a su alrededor. Mucha mano dura pensó el hechicero, si, mucha mano dura debía de haber tenido la maga con él para que no pensara que todo lo que se movía era comida.
-Hemos trabajado mucho- comento la figura roja a su acompañante mientras ambos se encaminaban hacia la
Fortaleza del Conocimiento (este nombre si que estaba bien puesto), su voz no había temblado al decirlo, estaba segura de si misma, o eso aparentaba.
-Si, ¿pero será suficiente?- fue la poco optimista respuesta de su compañero.
Allí estaban, ante una de las puertas de la Fortaleza, la más cercana a los aposentos del Gran señor de Braconds. La madera sonó con fuerza cuando la maga golpeo en ella con la aldaba. Al instante un enorme golem de piedra abrió la puerta y dirigió su mirada a un lado y a otro por encima de los compañeros.
-Aquí- señaló con voz condescendiente la maga al golem llamando así la atención del estúpido ser.
-Esta puerta es solo para los Grandes señores- Respondió el golem con voz altiva.
-El Gran señor Thormos nos espera- respondió la maga en tono impaciente,
Tras un momento de vacilación el golem se hizo a un lado, y maga y hechicero entraron el la fortaleza. El gélido permaneció en el exterior, ni siquiera hizo falta un gesto de su dueña para que el animal tomara asiento a un lado de la puerta del edificio, muchos palos si, muuuuuchos palos.
Subieron las escaleras de la torre en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos, 1ª planta, 2ª, 3ª, 4ª y 5ª, los aposentos de Thormos estaban en la planta más alta de la torre, ningún sirviente les recibió en la planta baja, y aquí tampoco apareció ninguno, muestra de que ambos personajes, aunque poderosos, aun no estaban al nivel de los Grandes señores, pero pronto, muy pronto, eso cambiaría. El hechicero indicó un largo pasillo adornado con ricos tapices de animales, no todos de este mundo, el pasillo daba a una amplia sala donde Thormos permanecía sentado en una silla con ricos adornos tras una gran mesa.
-----momento de ir a la nevera---------
Orion y Belmawak permanecieron en pie mientras el Gran señor terminaba de despachar algunos asuntos, ni siquiera había levantado la vista ni les había dicho nada cuando estos entraron en la gran sala y presentaron sus respetos, estaba por encima de ellos, y no dudaba en ponerlo de manifiesto, aun así, Thormos no era como tantos otros.
-Y bien, ¿qué tenéis para mi?- Rompió por fin su silencio el Gran señor dirigiéndose a ellos a la par que les indicaba dos sencillas sillas situadas frente a él.
El hechicero, aun de pie, al igual que su compañera, alargó una mano y en ella apareció de la nada un manuscrito, en el que podía leerse: “Shanan ipnum isnea Res” que al momento acercó a Thormos.
-Contadme, que dificultades os ha deparado mi encargo- Él conocía mejor que nadie los apuros por los que ambos debían haber pasado, pero quería escucharlos de su propia voz.
Maga y hechicero relataron las múltiples obstáculos que habían tenido que superar para recopilar la información que tanto esfuerzo les había costado plasmar en aquel manuscrito. Thormos escuchó, y solo dio señales de interés cuando mencionaron la lengua antigua, en cuyo momento se levanto de su cómodo asiento, se dirigió a una estantería y cogió un libro primorosamente encuadernado que enseñó con orgullo a sus visitantes.
-Ya os diré algo- fueron las breves palabras que dieron por finalizada la reunión
--------descanso para ir al lavabo------------
Los dos compañeros se dirigieron al pasillo tras hacer sendas reverencias, y una vez en él, una puerta en la que ninguno había reparado se cerró tras ellos sumiéndolos en la más absoluta oscuridad. Ninguno se atrevió a invocar una esfera de luz, los Grandes señores eran quisquillosos, y si tenían que recorrer el pasillo a oscuras para tener contento a Thormos, así lo harían. ¡La puerta estaba cerrada! Aquello ya sobrepasaba el límite, dos bolas de luz, una
roja como el fuego y otra
azul como el cielo invernal iluminaron el largo pasillo mientras maga y hechicero recorrían a grandes zancadas el espacio que los separaba de la puerta de Thormos. Pero antes siquiera de tocar la puerta toda la ira que ambos sentían se había esfumado transformado en un sentimiento de cautela, las bolas de luz se disiparon al instante, nadie irrumpía en los dominios de un gran señor sin pagar por ello.
El Gran señor de Braconds les acompañó hasta la puerta, y cuando todos esperaban ver que raro sortilegio abriria la puerta, éste solo alargó la mano hacía un pomo hábilmente camuflado entre los adornos del marco. Maga y hechicero intercambiaron una mirada mientras sus rostros competían por ver cual adquiría un tono rojo más acentuado, tras lo cual cruzaron el umbral hacía las escaleras mientras balbuceaban incoherentes excusas por haber molestado al Gran señor, momento en el cual Thormos, Varón de Hymenopts y Gran señor de Braconds no pudo reprimir más una sonora carcajada que retumbó por toda la torre.